Yo no era puntual en nada hasta que ingresé a la Facultad de Medicina. Ahí jamás llegué tarde a clase ni falté ningún día.
Transcurrieron los años de la carrera y presenté mi Examen Profesional, el cual por cierto, aprobé con honores.
Puedo decir que fue en esa época cuando me volví responsable y formal, disciplina que aumentó al empezar mi Residencia en el Hospital.
No sé exactamente a qué se debió el cambio de actitud, pero supongo que tuvo mucho que ver el hecho de que realmente disfrutaba lo que hacía; llegar siempre a tiempo a mis guardias en el Hospital era muy importante para mí, ya que en la Facultad nos habían repetido varias veces que el poder o no salvar una vida dependía en gran medida de la responsabilidad y oportunidad de la intervención médica y, precisamente, preservar vidas fue lo que siempre quise hacer.
En todo ese tiempo, nunca perdí a ningún paciente. En el Hospital y entre mis compañeros yo tenía fama de vencer a la muerte y salvar vidas hasta en las condiciones más criticas y difíciles, como las que comúnmente se enfrentan siendo residente de la Sala de Urgencias, una sala en donde un segundo de retraso puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Puedo afirmar que siempre supe qué hacer para conservar la vida de alguien, aunque tuviera que mover cielo y tierra para lograrlo… pero un día no pude salvar una.
Mi hora de entrada a Urgencias era a las seis de la mañana.
La noche anterior al día aciago la había pasado atendiendo y cuidando a una vecina que estaba enferma y sola, así que llegué muy tarde y cansado a casa.
Abrí los ojos a las cinco y veinte de la mañana, siendo que acostumbraba levantarme a las cinco menos veinte para garantizar mi arribo a la Sala de Urgencias poco antes de las seis, pues recorrer el camino de mi casa al Hospital me tomaba de treinta a cuarenta minutos. En fin, queriendo recuperar esos valiosos minutos, me vestí rápidamente y salí corriendo para abordar mi coche.
No sin antes enfrentarme a varios incidentes, puntual como siempre -a las seis de la mañana- ingresé a la Sala de Urgencias mientras escuchaba:
“¡Accidente de automóvil con paro respiratorio! ¡Equipo de intubación!
¡Tomografía de vientre y cabeza! ¡abdomen distendido, pulso débil…”
…quince minutos después -a las seis y cuarto- perdí por primera vez una batalla contra la muerte: el paciente murió.
Esa mañana para llegar al Hospital tomé la ruta de siempre, aunque con más prisa que de costumbre.
Mientras conducía me obsesionaba la posibilidad de llegar tarde por primera vez ; no quería que esto sucediera, ya que disfrutaba alardeando de mi impecable historial en cuanto a mi puntualidad y habilidad para vencer a la muerte.
Además, mi orgullo era demasiado grande como para aceptar que no siempre se puede ganar en todo.
Muchas veces mis Maestros me dijeron que no era posible salvar a todos los pacientes, ya que cada uno tenía su límite marcado por Dios, por lo que nada, ni nadie -ni aún el mejor médico del mundo- podía cambiar esa determinación. Decían que algún día yo sabría lo que es enfrentar a la muerte y perder contra ella la batalla.
Pero en mi imprudente y arrogante juventud, no les quise creer.
Mientras todas esas ideas cruzaban por mi mente, entre el cambio de luces de los semáforos y a poca distancia ya del Hospital, repentinamente de un cruce salió un camión en sentido contrario sacándome del camino y puesto que ambos vehículos llevaban gran velocidad, mi coche se volteó.
Luego, no supe más.
La última imagen que vi fue una ambulancia del Hospital de mi residencia que me recogió; me atendieron personas conocidas mientras escuchaba sus voces cada vez más lejanas diciendo:
“¡Accidente de automóvil con paro respiratorio! ¡Equipo de intubación!
¡Tomografía de vientre y cabeza! ¡abdomen distendido, pulso débil…
hora de la muerte: seis quince”.

