
Foto: Marisol Zimbrón Flores, 2008
Mi historia comienza con un naufragio, las agitadas aguas sacuden los restos astillados de un barco, estrellándolos contra las rocas de la costa; y en ese mundo de agua, entre algas, arena y viento, despierto para encontrarme inmersa en una especie de sueño de extraña realidad, rodeada por un mundo desconocido.
Aturdida por la fuerza de la tormenta y el oleaje que se azota sobre mi, trato de entender mi situación y ubicarme en mi nueva realidad… ¿temporal?… ¿permanente? no lo sé, no tengo respuesta, ni si quiera estoy segura de haber despertado, tal vez simplemente estoy soñando o, como dijo Calderón de la Barca: “la vida es sueño” y yo acabo de despertar.
Con mil y un preguntas en mi mente camino sin rumbo definido, no sé dónde estoy, no sé a dónde ir. De repente frente a mí, medio oculta entre la espesa vegetación me parece ver un refugio, y prácticamente de manera automática me dirijo a su entrada, buscando un espacio de calma para protegerme y pensar.
Me encuentro en el interior de una cueva obscura. No sé a dónde voy, camino sin ver, tratando de no tropezarme, hasta que el resto de mis sentidos me indican que me encuentro en un lugar seguro, donde el viento ya no pega con fuerza y la tormenta no me alcanza, aún la escucho a lo lejos e incluso percibo los leves destellos de luz, pero parece un sitio tranquilo. Fatigada por lo ocurrido me tiendo en el suelo, y casi al instante consigo dormir.
A la mañana siguiente, cuando ligeros destellos de sol penetran la obscuridad de la caverna y de mi mente inmersa en un profundo sueño, salgo para poder observar con mayor claridad el panorama. Tras recorrer el pequeño islote en el que me encuentro, llego a la conclusión de que no hay nadie más en él, solo yo rodeada de mar, ese maravilloso mar que siempre he admirado por bello, por libre, por magnífico… pero que tras conocer su furia, ahora también temo.
Mientras busco qué comer me topo con lo que hasta ayer había sido un árbol, frondoso, de aspecto fuerte y vigoroso pero que tras la tormenta quedó reducido a cenizas al ser golpeado por un rayo que como bomba, lo tomó por sorpresa; no pude evitar identificarme con él: porque al igual que yo, el día anterior sus raíces estaban bien plantadas y sus ramas se extendían firmes hacia el sol, todo parecía perfecto…pero hoy las cosas eran distintas, el panorama había cambiado. Sin embargo, en medio de la tragedia, aún permanecía plantado su tronco, y sobre él ardían aún las cenizas del incendio, brasas que quedan al apagarse la llama, pero que sirven para volver a encender fuego nuevo, que para mí significaba vida y pienso: de alguna u otra manera lograré salir de aquí. Con esa nueva idea en la mente recolecto madera para encender una fogata que alumbre mis noches y me provea de calor, intento encontrar la manera de salir de ahí, de volver a mi realidad, a esa realidad que hasta hacía poco era mi vida.
De regreso en la caverna, coloco los leños y ante la luz rojiza del fuego distingo los detalles de mi entorno, la caverna se percibe menos amenazante de lo que parecía disfrazada en su manto de obscuridad, defendiéndose de los intrusos, como si temiera ser descubierta y lastimada. Con calma observo las diversas formaciones rocosas que le dan un aspecto interesante, complicado pero maravilloso. La tarde avanza y con ella, la alegría que provoca el sol se va desvaneciendo junto con el murmullo de la vida que despierta con el día y muere al anochecer, y poco a poco el silencio me sumerge en una sensación de infinita soledad, y en un intento por escapar de ella lanzo un grito esperando escuchar al ECO remedarme… pero nada, solo silencio ¿es acaso posible que ni siquiera encuentre al eco para hacerme compañía?, trato nuevamente pero el resultado es el mismo, mi voz y luego: el silencio. Entonces me lleno de angustia e impotencia, la rabia que antecede al llanto de resignación se apodera de mí y grito con más fuerza, a la vez que pateo una estalagmita frente a mi, y entonces sí, un suceso igual de violento que mi acción ocurre a manera de respuesta: la estalagmita pateada sacude la estalactita del techo la cual cae sobre el fuego que me alumbraba dejándome de nuevo en tinieblas, destruyendo la visión acogedora del lugar al sumergirlo nuevamente en la negrura; lastimé a la caverna y ésta me respondió.
Nuevamente, con el amanecer comenzó mi día, y al igual que el día anterior salgo en busca de alimento, recolectando agua de lluvia para beber y juntando madera que me permita encender otra vez el fuego al interior de la caverna.
Como la noche anterior, traté de entablar conversación con la caverna a manera de distracción y como método que me ayudara a pensar con más claridad cómo salir de ese lugar. Pero a diferencia de la noche anterior, en esta ocasión no esperaba respuesta, desde mi racionalidad sabía que no la iba a encontrar (aunque en lo profundo de mi interior guardaba la secreta ilusión de hallarlo), al menos no de la manera que esperaba, y aún así, seguí hablando cada noche, hasta que la caverna que me servía de refugio se fue transformando en algo más, era parte de mi vida, de mi cotidianeidad, pero aún seguía sorprendiéndome, dejándome descubrir rincones nuevos y espacios que no había visto y cada día que pasaba ésta me parecía más cómoda, menos fría y sombría, y su carácter misterioso comenzó a fascinarme, como si cada palabra mía fuera absorbida por sus paredes, escuchándome y respondiendo al ofrecerme un panorama más acogedor, pareciendo más alumbrada…más feliz y amigable, hasta el grado de hacerme perder la noción del tiempo, no sabía ya cuantos días, meses o años habían pasado desde mi llegada a ese lugar. Los días los aprovechaba y poco a poco iba construyendo una balsa y por las noches hablaba. A veces, cuando la lluvia se perpetuaba por largo tiempo la nostalgia y el miedo volvían a hacer presa de mí, pero siempre encontraba refugio en la caverna y recordaba que tarde o temprano volvería a salir el sol. No sabía cuándo saldría de ahí, ni siquiera si saldría alguna vez, pero ya no me preocupaba, día con día, ocurriera lo que ocurriera tenía la certeza de que estaría bien, sólo tenía que seguir respirando y lo demás caería siempre en su lugar, quizá no de la manera que yo esperaba, pero al igual que pude aprender a entender las respuestas de la caverna a través de su eco silencioso, podría descubrir una nueva manera de vivir y seguir adelante disfrutando lo que estuviera a mi alrededor.
Así, la Caverna del Silencio me enseñó que no siempre se pueden encontrar las respuestas que uno quiere, y que aún sin tener la certeza en las manos debemos animarnos y saltar, caminar y nunca detenernos; aprendí también que eso que la gente llama eco, en realidad es la vida … y hay que aprender a escucharla con más atención, porque las respuestas que nos da no siempre son las que esperamos ni de la manera que suponemos llegarán a nosotros, pero llegan y hay que saber navegar con ellas, pues de no hacerlo podemos perder la ruta y naufragar.
Probablemente te preguntarás si alguna vez logré salir de la isla y volver a mi mundo… de ser así, mi respuesta es que sí, logré salir de ahí pero no para huir, salí para conocer nuevas cosas, pero siempre puedo regresar y lo hago, porque aquello que en un principio parecía ajeno a mí, ahora es parte de mi vida.